Nada se pierde, solo cambia de lugar
¿A dónde vamos cuando estamos rotos? Es una pregunta que ha rondado mucho mi cabeza. Intento entender por qué busco esa conexión con la naturaleza. ¿Es mi forma de escapar o es mi forma de volver a conectarme con la esencia de lo que soy? Tal vez la respuesta sea simple. La verdad es que casi siempre, aunque no seamos conscientes de ello, es en esos momentos cuando realmente logramos vernos a nosotros mismos. Y muchos de nosotros, sin planearlo, volvemos a aquello que nos permite reconectarnos con una parte más esencial de nosotros, ese lugar donde el ruido disminuye, donde la atención deja de estar fragmentada y donde el cuerpo puede salir, aunque sea por un momento, del estado de alerta en el que tantas veces vivimos. Quizás por eso buscamos la naturaleza. Porque entre el silencio, el movimiento del agua, el viento y la vida que ocurre sin pedirnos nada, la carga de la cotidianidad parece desvanecerse. El sistema nervioso puede dejar de responder a tantos estímulos al mismo tiempo, la mente encuentra un poco de espacio y nosotros volvemos a estar presentes. No sé si eso es volver a lo que realmente somos, pero quizá sí sea recordar que, antes de todo el ruido, también somos animales.
Un animal herido no busca compañía. Busca un lugar donde reponerse, un rincón a la sombra y junto al agua donde el cuerpo recuerde cómo recuperarse, cómo reconstruirse o eso que llamamos, tan coloquialmente, sanar. Nosotros también hemos estado ahí. Hemos salido a la selva no para huir de nosotros, sino para encontrarnos. Afuera, entre el ruido del viento y el agua, el dolor deja de tener un discurso y vuelve a ser lo que es, un animal cansado buscando dónde beber. Hay algo que la montaña entendió mucho antes que nosotros, no todo se cura en el caos de la cotidianidad. A veces hay que callar lo suficiente para realmente escucharnos.
Sanar no nos devuelve a quien éramos. Esa es, quizá, la primera idea que hay que soltar. Uno quisiera regresar a quienes fuimos antes que la vida le cambiara el ritmo, antes que el viento demasiado fuerte arrancara las hojas y dejara las ramas expuestas al sol. Pero ese hombre, precisamente, era el que todavía no sabía que algunas heridas no llegan para quitarnos algo, sino para enseñarnos una forma distinta de permanecer en pie. Sanar no es regresar. Es aprender a reconocernos en lugares donde antes no sabíamos estar.
Quizá nacemos con algunos miedos que se parecen demasiado a los de aquellos animales que fuimos antes de tener nombre. Uno de ellos es el miedo a no estar a la altura, a no ser suficientes. Otro, más antiguo y más profundo, es el miedo a no ser queridos. No son defectos de carácter. Son herencias. Desde que nacemos dependemos de otros para sobrevivir. Aprendemos muy temprano a mirar los rostros que nos cuidan, a descubrir qué los alegra, qué los aleja, qué nos acerca a sus brazos. Y quizá de ahí viene esa vieja certeza que algunos cargamos sin saberlo, si hago lo que esperan de mí, me van a querer, y si me quieren, me van a cuidar. Tal vez ahí nacieron nuestros miedos, cuando nacer diferente representaba ser aislado del grupo, nadie sobrevivía solo a la intemperie. El ave que pierde la bandada no solo pierde compañía, pierde el mapa, el calor, el aviso del peligro. Por eso la exclusión duele en un lugar tan antiguo. El cuerpo no siempre distingue entre la ausencia y el frío.
De ahí venimos algunos, de los que aprendimos a tender la mano primero. A escribir primero, a preguntar primero, a buscar el encuentro antes que el otro tuviera tiempo de preguntarse si quería encontrarnos. Durante años lo confundí con generosidad. Y a veces lo es. Pero debajo puede vivir un miedo pequeño y terco, el mismo del niño que aprendió demasiado pronto que quizá había que hacer algo para merecer que lo quisieran. El miedo a que, si dejo de tender la mano, nadie venga hacia mí. Como el pájaro que canta primero en la madrugada, no porque sea valiente, sino porque necesita escuchar otra voz entre los árboles para saber que no está solo. Hay una pregunta que da algo de vergüenza decir en voz alta, y la digo igual, porque callarla no la hace menos cierta, ¿si dejara de buscar, quién se quedaría?
Hay cosas que uno tarda mucho en entender cuando la vida deja de ser la que imaginaba. No duele solamente lo que se va. Duele, sobre todo, la versión de nosotros que vivía allí, en esa vida que alguna vez alcanzamos a imaginar y que ya no va a ocurrir. Se pierden dos cosas al mismo tiempo, una que se ve, la ausencia de quien se va, y otra mucho más silenciosa, la de quien nosotros mismos íbamos a ser en aquella vida. Lloramos lo que ya no es tangible, sí, pero también lloramos eso que alcanzamos a imaginar. Y ese segundo entierro no tiene testigos. Con los años he entendido que no toda pérdida llega porque algo haya salido mal. A veces es apenas un río que se seca antes de alcanzar el mar, y aun así el mar sigue su rumbo con el agua que ese río alcanzó a entregarle en el camino. Pero no todas las ausencias son iguales. Hay pérdidas en las que, como el mar, uno sigue su rumbo con lo que alcanzó a recibir. Y hay otras que no regresan jamás, esas con las que no queda sino aprender a vivir. Porque hay una ausencia de vida que se lleva para siempre la posibilidad de volver a tocar, de volver a abrazar, de volver a estar ahí, y entonces uno entiende que ciertas aguas no vuelven a subir, aunque la orilla se quede esperándolas.
Y sanar, entonces, es aprender una de las cosas más difíciles, darnos por dentro el abrazo que durante tanto tiempo esperamos de afuera. Hay duelos que nadie puede cerrar por nosotros porque ocurren en una habitación donde solo cabemos nosotros mismos. Mientras tanto, aprendemos a disimular. Yo aprendí a decir "estoy bien" con el pecho lleno de agua, y creo que muchos hemos aprendido lo mismo. Sonreímos con cortesía mientras por dentro el agua sigue subiendo, como si nombrar el miedo pudiera hacerlo crecer. Pero a veces sucede lo contrario, lo que no nombramos encuentra otras maneras de decirse.
Se queda en la mandíbula apretada, en el sueño que no llega, en esa prisa inexplicable de quienes no sabemos estar quietos. El cuerpo termina hablando el idioma que la boca se empeña en callar. Por eso, si alguna vez me escuchas decir que estoy bien, no confundas mi sonrisa con calma. A veces es apenas lo último que queda a flote. Salir de ahí, para mí, comenzó con algo sencillo, aprender a separar lo que hago de lo que el otro haga con eso. Si actúo desde mis valores y con buena intención, ahí termina mi responsabilidad. Lo demás, si florece o se seca, si lo reciben o se pierde, ya no me corresponde cargarlo.
Es extraño cuánto pesa lo que uno carga por otros y cuánto se aligera el día en que lo devuelve. El miedo a la pérdida no desaparece de un día para otro. Se afloja con los años, cuando uno descubre que no se muere de una ausencia, aunque por dentro algunas veces lo parezca. Que la vida continúa incluso cuando nos falta alguien, cuando algo que amábamos se va, cuando no pudimos retener lo que más queríamos. El miedo no siempre se supera. A veces simplemente se atraviesa. Es la señal que anuncia que algo está por llevarnos a un lugar nuevo. No el muro, sino la puerta, esa que da miedo justamente porque es cambio. Cambio de todo lo que conocíamos.
Por eso hay que pasar la página, pero antes hay que leerla bien. No podemos pedirle al tiempo que borre lo que todavía no estamos dispuestos a mirar. Algo que, a mi manera, he aprendido a creer es que lo vivido rara vez desaparece del todo. Una palabra, una imagen, una acción, una herida, las piezas de lo que fuimos siguen hablando en ese idioma silencioso que todos llevamos dentro. Y lo que no quisimos escuchar de frente, a veces nos lo repite el cuerpo por detrás.
Las piezas no desaparecen. Cambian de lugar. Y ahí está, para mí, una de las pocas salidas honestas, si uno se atreve a escuchar de dónde viene el miedo, quizá encuentre también por dónde salir de ese lugar oscuro. Nadie llega a la página veinte de su vida si se saltó lo que pasó en la página tres. Así que la leo despacio. Subrayo con tinta verde lo que quiero recordar. Aprendo lo que tiene que enseñarme. Y entonces la paso. No para olvidar lo que dice, sino porque ya aprendí cada palabra de esa historia que fuimos.
La naturaleza me enseñó esa paciencia. El río no reniega de la creciente que le rompió la orilla, con esa misma agua rehace su cauce, un poco más suyo. El ave muda el plumaje cuando el viejo ya no la deja volar, y no se queda llorando las plumas caídas. Hay semillas en la sabana que no despiertan hasta que el fuego pasa por encima, como si ciertas cosas en uno necesitaran arder para, por fin, nacer. Y las aves que se van con el invierno regresan con las aguas, porque irse, a veces, es apenas la forma que tenemos de aprender el camino de vuelta.
Quizás por eso escribo esto. No para huirle al miedo, sino para mirarlo de frente y seguir caminando con él al lado, como se camina con un perro viejo que ya no muerde, pero insiste en seguirte. Romperse no es el final de la historia. Es, casi siempre, el lugar exacto donde algo vuelve a empezar.